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Opinión

Cañada Colorada: cuando la tierra vuelve a ser de quienes la habitan

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Por Bloque Reconstruyendo Malargüe – Concejal Silvina Camiolo

La regularización dominial de Cañada Colorada representa el cierre de una espera de casi dos décadas y un paso histórico para numerosas familias malargüinas. Más allá del trámite administrativo, el proceso implica reconocer historias de vida, trabajo y arraigo, y reafirmar una convicción: la tierra pública debe ser una herramienta para que los malargüinos puedan vivir, producir y construir su futuro.

La aprobación de la regularización dominial de los campos de Cañada Colorada no es solamente un trámite administrativo. Es el cierre de una espera de casi dos décadas desde lo legal y, sobre todo, un acto de justicia territorial para familias que durante años -en algunos casos, más de cien- vivieron, trabajaron y construyeron su historia en esas tierras.

La historia de esta regularización no comenzó ahora, ni si quiera en 2006, cuando el Congreso de la Nación dispuso el traspaso de las tierras del Ejército Argentino al dominio municipal. Pero entre 2006 y 2008 se concretó la escritura que formalizó ese traspaso y desde entonces, la responsabilidad sobre esas tierras estuvo en manos del Municipio de Malargüe, via autorización del Concejo Deliberante.

Pasaron casi veinte años. Hubo distintos intentos de avanzar con la regularización dominial, pero también hubo controversias y proyectos que no respetaban adecuadamente el espíritu de la legislación. La norma era clara: debía priorizarse a quienes contaban con contratos de arrendamiento con el Ejército Argentino. En la gestión pasada, por ejemplo, aparecieron nuevos beneficiarios y propuestas que pretendían incorporar a ocupantes posteriores, incluso avanzando sobre tierras que tenían una historia de ocupación y producción perfectamente identificable. Fue el propio Concejo Deliberante el que puso un límite y evitó que se avanzara de manera arbitraria.

Pero frenar una decisión injusta no alcanza. Había que hacer el trabajo que durante años no se había hecho. Por eso, decidimos conformar una Comisión Especial de Seguimiento en paralelo al trabajo que venía haciendo la Unidad Especial de Tierras. Y esa comisión entendió que no podía resolver la situación desde un escritorio.

Había que ir al territorio. Se visitó cada puesto. Se recorrieron los lugares. Se habló con cada familia. También se los recibo en nuestras oficinas. Se escucharon las historias de quienes habían vivido durante décadas en esas tierras, de quienes heredaron una forma de vida y de quienes hicieron de esos campos su lugar de trabajo y sustento.

Porque una política de regularización dominial no puede reducirse a un expediente ni a un comunicado frío: debe construirse con la gente y frente a la gente. El relevamiento territorial permitió llegar a una realidad concreta y construir, sobre esa base, el relevamiento final que hoy permite avanzar con una regularización histórica.

Cañada Colorada se suma así a otros procesos de regularización dominial que durante los últimos años significaron avances enormes para Malargüe: Agua Escondida, Bardas Blancas, Colonia de Emprendedores y Virgen del Carmen: estamos frente a la regularización dominial más grande y expeditiva que registra la historia del Concejo Deliberante de Malargüe en menos de cinco años.

En lo personal, esta conquista tiene además un significado especial. Desde que asumí mi banca hace cuatro años, la regularización de la tierra fue una de las prioridades que llevé como compromiso de campaña. Porque hay una convicción que sigo sosteniendo: la tierra de Malargüe es para los malargüinos.

Durante estos cuatro años tuve la responsabilidad de presidir o integrar como autoridad de comisión prácticamente todos los procesos de
regularización mencionados, con la excepción de esta última etapa de Cañada Colorada, cuya comisión especial estuvo conformada por los ediles Elizabeth González, Martin palma, Pablo Cabrera y Emilce Mansilla a quienes felicito por su trabajo y responsabilidad. Cañada Colorada no es un mérito individual: es parte de un trabajo institucional que involucró a concejales de distintos espacios, trabajadores municipales, equipos administrativos y, fundamentalmente, a los vecinos que aportaron su historia y su conocimiento del territorio.

También reivindico una responsabilidad personal que asumí desde el primer día: estar en el territorio. Porque regularizar una tierra no es solamente entregar un título. Es darle a una familia seguridad jurídica. Es reconocer una historia. Es permitir planificar, invertir, producir, transmitir un patrimonio y mirar hacia adelante con mayor certeza. Es también decirle a una familia que durante años esperó que el Estado hiciera su parte: esta tierra que habitaste, trabajaste y cuidaste tiene ahora un camino hacia la seguridad jurídica que te corresponde.

Creo firmemente que una política que debemos sostener es que la tierra pública de Malargüe sea una herramienta para arraigar, producir, vivir y construir futuro para los malargüinos. La tarea no termina en Cañada Colorada. Todavía quedan barrios y sectores que esperan una solución dominial. Colonia Hípica es uno de los próximos desafíos. Porque si algo nos enseñó este proceso es que cuando el Estado decide caminar el territorio, escuchar a sus vecinos y ordenar sus derechos con reglas claras, la regularización deja de ser una promesa y se transforma en una herramienta concreta de justicia territorial.

Cañada Colorada esperó demasiado. Hoy damos un paso histórico. Y ahora hay que seguir.

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