La aprobación de la regularización dominial de los campos de Cañada Colorada abrió una nueva etapa para 33 familias. Entre ellas está la de Silvia Jaque de Basualto, que llevan generaciones vinculadas al mismo puesto y ahora esperan que el proceso llegue a las escrituras.

Para Silvia Jaque de Basualto, la posibilidad de que las tierras de Cañada Colorada finalmente queden regularizadas para las familias que históricamente las habitan no representa solamente una decisión administrativa. Es el resultado de una espera que atraviesa generaciones y que, en su caso, comenzó mucho antes de que ella llegara al puesto donde construyó gran parte de su vida.
A sus 83 años —cumplirá 84 en enero—, Silvia conserva el recuerdo de una historia familiar que comenzó con su esposo y que, según reconstruye junto a su hija Gladys, se remonta a más de un siglo de permanencia en esas tierras. Allí nacieron sus hijos, crecieron sus nietos y hoy también viven parte de sus bisnietos.
La reciente aprobación de la Ordenanza N.º 2.393/2026 por parte del Honorable Concejo Deliberante de Malargüe habilitó la regularización dominial de los campos de Cañada Colorada y autorizó la venta de las superficies reconocidas a los beneficiarios conforme a los expedientes y planos de mensura correspondientes. La normativa constituye un paso para que las familias puedan avanzar hacia la titularidad de los terrenos que históricamente ocupan. Pero detrás de esa decisión hay historias familiares que ayudan a dimensionar lo que significa el proceso.

Una tierra heredada de padres a hijos
Silvia cuenta que el puesto donde vive actualmente pertenecía a su suegro, quien a su vez había llegado allí a partir de la generación anterior. “Acá el que estaba primero era mi esposo. Él quedó acá en este puesto, que era del padre de él”, recuerda durante la entrevista. Ella llegó al lugar después de casarse y allí nacieron sus hijos. Su hermano Laurentino, próximo a cumplir 86 años, también forma parte de esa generación que nació y creció en el mismo territorio.
Si bien esta familia no puede precisar con exactitud cuándo comenzó la ocupación de sus antepasados, porque no conservan todos los datos de aquella época; por las edades y las generaciones que vivieron en el lugar, estiman que el vínculo con esas tierras supera ampliamente los cien años.

La propia ordenanza aprobada por el Concejo Deliberante reconoce que los puesteros de Cañada Colorada han ocupado los predios de manera ininterrumpida “desde tiempo inmemorial” y que históricamente desarrollaron allí actividad ganadera. Para Silvia, esa continuidad familiar es precisamente lo que le da sentido al momento actual. “Esperaba tener esto para dejarle a los hijos y a los nietos”, expresó a Malalweb Diario Digital.
Una familia que creció junto al puesto en Cañada Colorada
La historia de los Basualto también puede contarse a través de sus generaciones. Silvia tiene más de 20 nietos y alrededor de ocho bisnietos, según relató durante la entrevista. Cada uno de ellos forma parte de una nueva generación vinculada a esas tierras. Por eso, la regularización no es pensada únicamente como una solución para quienes actualmente viven en el lugar. Para la familia significa también darle una seguridad jurídica a quienes vendrán después.
Gladys, de 58 años, es una de las hijas de Silvia y una de las personas que ha acompañado activamente el proceso de regularización. De los seis hermanos que fueron originalmente, actualmente quedan cuatro. En ese camino también aparecen familiares que ya no están. Silvia recordó a los hijos y hermanos fallecidos y remarcó que sus descendientes también forman parte de la historia y de la herencia familiar.
La emoción se hace especialmente visible cuando aparece el recuerdo de su esposo, Venancio Basualto. Según cuentan madre e hija, él solía decir que probablemente no llegaría a ver concretado el sueño de que esas tierras fueran finalmente de la familia. Hoy Silvia mantiene la esperanza de poder verlo cumplido.

El sueño de volver a trabajar la tierra
Durante décadas, la familia desarrolló principalmente actividades vinculadas con la ganadería. Actualmente crían chivos y algunas ovejas, mientras enfrentan las dificultades propias de la vida rural: los temporales, la nieve, la falta de servicios, los problemas con el agua y los daños provocados por animales silvestres.
El puesto cuenta con paneles solares para generar electricidad y recibe agua mediante camiones cuando las fuentes habituales se ven afectadas. Pero la posibilidad de regularizar las tierras también abre para la familia una expectativa productiva diferente.
Silvia recuerda que años atrás en el puesto se sembraban papas y zapallos. Incluso cuenta que llegó a cosechar más de cien zapallos en una temporada y trasladarlos al pueblo para venderlos. Ahora quiere recuperar parte de aquella actividad. La idea, según sus declaraciones, es poder cerrar sectores del campo, volver a plantar y producir alimentos para la familia. La diferencia, explica, es que ahora todo aquello que puedan construir, invertir o producir quedaría respaldado por la seguridad de saber que la tierra pertenece a la familia una vez completado el proceso de regularización.
Ese punto aparece como uno de los aspectos centrales de la historia: durante años existió el temor de invertir en un lugar cuya situación dominial no estaba resuelta.
De una iniciativa familiar a una organización de puesteros
El proceso que desembocó en la actual regularización tampoco comenzó de un día para otro. Gladys recordó que la inquietud por encontrar una solución para las familias de Cañada Colorada comenzó a tomar forma a partir de las reuniones impulsadas por Facundo Arteaga, nieto de Silvia, quien fue uno de los primeros integrantes de la familia en promover el reclamo y generar encuentros con las autoridades. Con el tiempo, ese trabajo continuó mediante la organización de los propios puesteros.

Actualmente funciona la Asociación de Puesteros de Cañada Colorada, que llegó a contar con siete integrantes y que permitió organizar a las familias, recorrer los puestos y relevar quiénes eran los verdaderos ocupantes y herederos de las tierras. Gladys relata que durante el proceso se realizaron recorridos puesto por puesto y reuniones con las familias para identificar a los puesteros originales y, cuando estos ya habían fallecido, a sus herederos; lo que les resultó más difícil. Ese trabajo fue una de las partes más complejas del proceso.
La Municipalidad también realizó recorridos por la zona junto a funcionarios y concejales para conocer directamente la realidad de las familias que habitan Cañada Colorada. El proceso de regularización catastral contó además con el acompañamiento del Colegio de Agrimensores de Mendoza. En 2024, la Municipalidad había firmado un convenio marco con esa institución para avanzar en la regularización catastral y facilitar el acceso de los puesteros a los trámites mediante la figura de Agrimensores Sociales.
33 familias esperan completar el proceso de las tierras de Cañada Colorada
De acuerdo con lo relatado por Gladys durante la entrevista, son aproximadamente 33 las familias beneficiarias del proceso de regularización en Cañada Colorada.
La ordenanza establece que los beneficiarios reconocidos podrán avanzar con la adquisición de las superficies correspondientes de acuerdo con los planos de mensura y los expedientes municipales. También fija condiciones para preservar la unidad productiva y la continuidad de la actividad ganadera.
Esta normativa establece además un valor de 1.208,5 Unidades Tributarias Municipales por hectárea y contempla distintas modalidades de pago, con un plazo de hasta 11 años. Asimismo, reconoce las servidumbres de arreo ganadero, caminos de trashumancia y accesos tradicionales a vertientes, aguadas y arroyos.
Para las familias, el próximo paso será avanzar con los expedientes individuales y completar las instancias administrativas necesarias para que la regularización pueda concretarse.
“Que todo quede para la familia”
Silvia sabe que todavía queda camino por recorrer. Por eso, pese a la emoción que le provoca la aprobación de la ordenanza, insiste en que hay que continuar trabajando hasta completar el proceso. Su deseo es poder ver concretado aquello que durante tantos años escuchó como una posibilidad lejana: que la tierra donde vivió, crió a sus hijos y recibió a sus nietos pueda quedar finalmente regularizada para su familia.
No piensa solamente en ella. Piensa en sus hijos, en sus más de 20 nietos y en los bisnietos que ya forman parte de la cuarta generación vinculada al lugar. También piensa en quienes ya no están. En su esposo Venancio. En sus padres. En sus hermanos. En los antiguos puesteros que durante décadas habitaron esos campos y que transmitieron el vínculo con la tierra a sus descendientes.

Por eso, para Silvia y Gladys, el proceso que hoy avanza en Cañada Colorada tiene una dimensión que excede cualquier expediente municipal. Es la posibilidad de que una historia familiar que comenzó hace más de un siglo pueda continuar con una certeza que durante generaciones no existió: que el esfuerzo, las casas, los cultivos, los animales y cada mejora realizada sobre esas tierras puedan quedar, finalmente, para quienes las heredaron y para las generaciones que vienen.
La Ordenanza N.º 2.393/2026 representa, en ese sentido, un nuevo capítulo para las familias de Cañada Colorada. El desafío que queda ahora es transformar ese avance administrativo en la regularización efectiva de cada terreno.


