En las escuelas nos enseñaron que al proceso revolucionario de 1810 lo realizó grandes hombres que pertenecían a las elites criollas. Invisibilizando a los sectores populares, plebe o bajo pueblo. En este nuevo aniversario de mayo, es oportuno repasar que rol cumplieron los sectores subalternos en los inicios de la emancipación de las Provincias Unidas del Sud. El historiador, Gabriel Di Meglio especialista en el tema, nos guiará a lo largo del artículo con referencias a sus participaciones.

La revolución comenzó con la crisis de la monarquía española. La invasión francesa en 1808, que capturó al rey Fernando VII e hizo que se generara en España un movimiento de resistencia, porque Napoleón Bonaparte, el invasor, le quitó la corona al rey y se la dio a su hermano, José Bonaparte. Entonces, la idea que se instaló era que la soberanía vino de Dios a los pueblos que forman la monarquía y esos pueblos se la dieron al rey. Y si no había rey, la soberanía volvía a los pueblos.
Esa sociedad que hizo la revolución estaba fuertemente dividida. Una división muy grosera y amplia era entre gente decente, que tenía respetabilidad y dinero, y la plebe o el bajo pueblo, que no eran respetados por su color de piel. Ser blanco era ser considerado blanco por los demás, no hacía falta serlo realmente, porque no había forma de medirlo. De hecho, Rivadavia era bastante moreno. En distintos lugares de América, había gente que nacía de color y moría blanca: cambiaba de lugar, conseguía dinero y compraba su blanquitud.

Era un sector muy amplio de gente que tenía las ocupaciones más pobres: jornaleros, peones, lavanderas, planchadoras, los que trabajaban en el matadero, los que bajaban de buscar agua y los que, en los actos escolares, aparecen vendiendo mazamorra. Además de ser el piso social, tenían muchas diferencias entre sí, era un conglomerado muy heterogéneo que los de arriba aglutinaban en la plebe. El Pueblo era una palabra polisémica. Quería decir ciudad y también se refería a los que viven en esa ciudad. A veces incluía a los vecinos, que tenían cierta respetabilidad social, y otras incluía a todos.
En este sentido, uno puede afirmar cuando se estudian estos períodos, se sigue poniendo el énfasis en los grandes personajes, San Martín, Moreno, Saavedra, Belgrano, que sin dudas fueron los líderes del proceso. Pero si sólo se los sigue a ellos, uno se queda con una mirada sesgada de la historia. En la revolución rioplatense, si no se estudia la participación del bajo pueblo no se entiende la revolución, porque participaron activamente. Tal vez de manera subordinada, pero no por eso menos importante.

La participación popular, tiene un posible comienzo con las invasiones inglesas de 1806 y 1807, se habían formado milicias voluntarias en las cuales ingresó mucha gente del bajo pueblo. Consiguieron un trabajo, que fue convertirse en milicianos, no en militares. Era gente que defendía la ciudad y tenía una paga por eso. Allí comenzó a activarse la participación en la cosa pública, aunque no necesariamente política. Cuando llegó la revolución a Buenos Aires había una experiencia previa, que facilitó que estos sectores se politizaran rápidamente.
El caso más famoso fue el 5 de abril de 1811, cuando el sector saavedrista logró movilizar a los que llamaba “los hombres de poncho y chiripá”, que vivían en los suburbios de Buenos Aires, para echar a los morenistas. Fueron a la Plaza de la Victoria ,hoy Plaza de Mayo, pidieron “que se vayan”. Los sectores populares, cuando participan, tienen una intención, no van como ovejas porque alguien los llamó. En el petitorio, echar a los morenistas aparecía recién en quinto lugar. El punto número uno dice: “Queremos que se eche a todos los españoles de la ciudad”.

El bajo pueblo era antiespañol, a diferencia de la clase alta que estaba muy ligada a los españoles, porque eran familiares y por otras conexiones muy concretas. En cambio, en el sector popular había mucho resentimiento con los españoles, porque siempre habían tenido ventajas de todo tipo: comerciales, laborales, matrimonial. Ese resentimiento se politizó con la revolución.
El bajo pueblo sufrió mucho con la guerra de Independencia. Al principio hubo mucho entusiasmo con la revolución, pero, con el correr del tiempo, la guerra se complejizó. Los integrantes de la Logia Lautaro, militares profesionales, sabían que la guerra requería una movilización masiva. E hicieron un reclutamiento forzoso –a la gente la agarraban en la calle para pelear, eso los debilitó. Eran campañas larguísimas. Ir a pelear al Alto Perú significaba ir caminando de acá hasta Bolivia. Hubo un regimiento de negros que luchó en Lima; se fueron en 1815 y volvieron en 1825. Y las mujeres quedaban a cargo de los hogares, del trabajo, se les morían sus maridos, sus hijos.

Para finalizar, es difícil reconstruir la historia de esa gente, porque no dejó testimonio escrito. Lo que hay es gente que construyó su historia política en interacción con sectores populares. Por ejemplo, Domingo French y Antonio Beruti encabezaban el grupo, pero no estaban solos: muchos eran criollos pobres, milicianos, algunos esclavos, y hasta jóvenes comerciantes con mucha bronca acumulada. Querían que se hiciera el Cabildo Abierto ya, y a los gritos pidieron la suspensión inmediata del virrey Cisneros. No se trataba solo de hacer ruido: “si no se hace el Cabildo Abierto va a tronar el escarmiento. Y si no se va Cisneros también”, gritaban. Cuando firman el petitorio pidiendo que hubiera una Junta, cada uno firma “por mí y por 600 más”.

Para el historiador Norberto Galasso, eran los hombres que venían con nuevas ideas a conmover el sosiego y la paz de la dominación. De ahí que se los calificara como ‘infernales’, por las nuevas ideas que portaban. Nada más claro: el orden colonial temblaba en cada paso que daban. El golpe criollo que cambió la historia, donde el bajo pueblo fue un actor colectivo principal. Postales de una nación diversa, compleja y revolucionaria.
Referencias bibliográficas
- Gabriel Di Meglio, 2007, ¡Viva el bajo pueblo! La plebe urbana de Buenos Aires y la política entre la Revolución de Mayo y el rosismo. Prometeo Libros.


